Hace casi una década y media que decidí abrir este blog para romper con las ataduras de mi trabajo como periodista en medios de comunicación tradicionales. Este espacio ha evolucionado mucho hasta hoy, pero siempre se ha mantenido fiel a la idea de mantenerse libre, sin ataduras ni publicidad. Yo mismo he hecho diseños, redacción y programación web, sin personal o asistentes. Si en algún momento mi pluma le ha hecho pensar, entretenerse o discrepar mínimamente, considere la posibilidad de compartir el blog o el artículo que haya llamado su atención con sus amigos. Compartir es apoyar. 

SILVIA BARQUERO, FUERA DE IGUALDAD ANIMAL

SILVIA BARQUERO, FUERA DE IGUALDAD ANIMAL

El pasado viernes fue el último día de Silvia Barquero en Igualdad Animal. Ya no es su Directora Ejecutiva en España. Así lo comunicó ella misma a través de un email, que ha tenido vida propia por grupos de whatsApp, en el que aseguraba que dejaba de ser “Directora Ejecutiva de Igualdad Animal para centrarse en otros aspectos de la defensa de los animales”. “Dejo un equipo fuerte y motivado”, continúa la misiva, “con ganas de seguir luchando por los animales”. De esta manera, Barquero se despedía el pasado viernes de los socios de Igualdad Animal.

“Dejo un equipo fuerte y motivado”, continúa la misiva, “con ganas de seguir luchando por los animales”. De esta manera, Barquero se despedía el pasado viernes de los socios de Igualdad Animal.

 

Los verdaderos motivos, sin embargo, de su marcha podrían haber sido muy diferentes. Según varias fuentes consultadas y comentarios surgidos desde el viernes en los círculos animalistas, Silvia Barquero habría sido invitada a marcharse por una presunta “gestión deficiente” que habría ido “empobreciendo a la organización a diferentes niveles”, incluido “el trato humano”.

No sería la primera vez que se asocia el nombre de Silvia Barquero a problemas por la gestión del personal a su cargo. Precisamente, a los pocos meses de ser contratada como Directora Ejecutiva de Igualdad Animal, el reconocido activista Alex Montplet denunció públicamente su despedido tras ocho años de trabajo en la organización y pese a estar de baja médica. Por aquel entonces, Montplet aseguró haber vivido durante esos meses “conductas laborales que nunca deberían darse en ningún lugar y menos en una ONG animalista”. El animalista, que sólo tardó unas horas en anunciar un post sobre la marcha de Barquero, ha participado, incluso, en foros sobre mobbing laboral.

En su etapa como presidenta de PACMA, Silvia Barquero repetía cada vez que podía ante los medios que la sociedad debía “ampliar su círculo de consideración moral para incluir a los animales y dejar de tratarlos como cosas”, al mismo tiempo que sus compañeros de trabajo (trabajadores a su servicio, de facto) no se sentían bien tratados ni por ella nio por su marido, vicepresidente del partido. Su tiempo y sus vidas parecían objetos guardados en su vitrina presidencial. Con la prepotencia o la imprudencia de quien se cree por encima de todo: sin disimulo y por escrito.

Es un hecho identificable que un extrabajador de PACMA regaló a una extrabajadora de PACMA una camiseta con la frase: “Yo sobreviví a Silvia Barquero”. Ya la ha estrenado para salir a la calle.

Dos lecciones habrá aprendido la protagonista de esta historia. La primera es que es posible dejar que las personas se marchen de las organizaciones de forma elegante, pese a que ella no se lo permitió ni a Alex Montplet ni a quien escribe estas líneas.

La segunda lección es más poética: en la vida, al final, siempre acabas recogiendo aquello que sembraste.

En negro sobre blanco

 

Hola, me llamo Andrés Cardenete, soy periodista y profesor de Literatura. En este blog encontrarás una recopilación de mis artículos de opinión y de una suerte de piezas periodísticas basadas en lo que me transmiten fotografías que he bautizado como «cuentografías» porque me hacía gracia. Mi trayectoria profesional me ha llevó de los medios, al mundo de la comunicación y, finalmente, a la docencia pero siempre me apasionó el columnismo. En esta web mato el gusanillo con noticias de información periodística sobre temas que me interesan y con artículos opinativos.

Intento con más o menos fortuna hacer un trabajo de calidad, no basado en la objetividad, pues no hay género más ajeno a ella que este, si no en base a los criterios de periodismo literario. Te invito tanto a que apoyes esta labor compartiendo en redes y a que dejes tus comentarios sobre lo que acabas de leer.

Gracias por venir. Pasen y lean.

ALMAS ROTAS

ALMAS ROTAS

Inocentes encerrados. Ansias de libertad que se estrellan contra jaulas transparentes. ¡Cuánto futuro en la esquina inferior izquierda de la fotografía! ¡Cuánta vida malgastada en la parte superior!

Me pregunto si el niño que sujeta el juguete contra el cristal encuentra alguna dferencia entre lo que tiene entre las manos y lo que está mirando. Al menos, quién le compró la entrada le enseñó aquel día que no la hay, que ambos son objetos creados para su diversión. Si alguien le hubiera explicado que a uno de los dos animales, de sus dos ‘juguetes’, lo rompieron para siempre…

La ciencia ya da por hecho que los delfines, entre otros animales, tienen capacidad para sentir la pérdida de un familiar y para padecer depresiones causadas por su cautiverio. Incluso para experimentar el sentimiento de libertad que nosotros les arrebatamos por puro divertimento. ¿Qué tiene de entretenido? ¿Qué tiene de divertido encerrar a un animal en una urna de cristal y privarle de una libertad que sería capaz de apreciar? ¿Quién puede justificar un secuestro por diversión y negocio? ¿Hay algo más excesivo que convertir a un ser vivo en un juguete? ¿No es ciertamente inmoral?

La ciencia también ha admitido que hay animales, entre ellos los delfines, que se suicidan. La mayoría de ellos toman esta opción por la depresión y el estrés que les supone el cautiverio. Y eso es lo que les hacemos. La justicia, la libertad y la felicidad no deberían ser patrimonio de una especie cualquiera. Alguien debería explicárselo al niño de la foto. Aún no es tarde. Para el delfín, digo.

En negro sobre blanco

 

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Moscas

Moscas

Asistía desde mi sofá al penúltimo esperpento político cuando una mosca cualquiera se me pasó por la cabeza. La mosca, ya sea aquella u otra, vive poco más que un verano. O que un período electoral. El frío del otoño suele sorprenderla como la luna sorprende al sol cuando, caprichosa, se asoma al cielo en la claridad de la tarde. Con la diferencia de que para ella –la mosca, digo– el susto la deja boca arriba, sobre el mueble del televisor y con las patas estiradas hacia el techo.

Vivir sólo un verano. Eso parece muy triste. La mosca parece desilusionada la mayor parte del tiempo. Vuela por aquí, va para allá y, cuando menos te lo esperas, está allí. Siempre buscando una excusa con la que dar por bueno su verano. Es cierto que a veces encuentra algo que la ilusiona. Un excremento, las sobras de pella del domingo, un trozo de pimiento en la encimera. Por fin su vida parece tener un sentido. Pero la magia pimiento-mosca desaparece en menos de un minuto y ella vuelve a su natural estado de búsqueda de ilusiones. Y cuando uno busca constantemente ilusiones es que está desilusionado. Cualquiera puede pensar que eso es muy triste. O no.

Leí un estudio que dice que cada especie percibe el tiempo –entendido éste como la velocidad a la que transcurre la vida a nuestro alrededor– a un ritmo distinto. Precisamente, los científicos ponen a la mosca como ejemplo. La mosca ve nuestra vida pasar a cámara lenta. Todo sucede despacio. En una misma unidad de tiempo sus ojos perciben más información que la que pueden percibir los míos o los de usted mismo. Esto se debe a que los cerebros de mosca son capaces de procesar el movimiento a escalas más finas de tiempo que los nuestros. Por eso es tan difícil atraparlas.

La corta vida de las moscas, por tanto, es una trampa. Un verano con nuestra percepción podría ser casi una vida humana para ellas. Los segundos de humano que pasa desilusionada sobre los restos de paella son horas para el insecto. Dios –independientemente de lo que cada uno crea que es Dios– es un cachondo. Las conclusiones del estudio científico son desalentadoras al otro extremo de la percepción metabólico-temporal. Si tomamos como observador, por ejemplo, a la tortuga gigante concluiremos que nuestra vida dura dos telediarios. Habrá que aprovecharlos.

No le faltó razón a Borges al escribir aquello de “la vida es tan corta, aunque las horas son tan largas…”. Si la existencia propia, persona o mosca, es cuestión de puntos de vista, sólo nos queda la actitud. Volemos por aquí, vayamos luego para allá y pasemos por allí cuando menos lo esperemos. Disfrutemos, entonces, de los restos de paella del domingo y que no nos haga falta nada más para ser felices. De lo contrario el otoño llegará demasiado rápido y nos sorprenderá delante del televisor. Con las patas estiradas hacia el techo.

En negro sobre blanco

 

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2048. Un relato de terror.

2048

por Andrés Cardenete
31/10/2020
Linares

Covid-19. Le pusimos nombre de leche.

Y no la vimos llegar.


Dejamos de leer a Dickens y llegó el peor de los tiempos. Malos años para la honradez, los mejores para los malvados. Lo advirtió el ladrillo que explotó en las narices de los ambiciosos pero sólo acabó con las aspiraciones del hombre pobre. Entonces era posible la convivencia de un feminismo exacerbado y la de un machismo facha que había sustituido el olor a naftalina por el de coche nuevo en el imaginario de una juventud hedonista. Nos lo permitíamos todo y no permitíamos nada. La moral dividía al mundo y a ella misma en dos: la de «los míos» y la de «los otros». No había espacio para «los demás». Como a nadie se le permitía vivir ni opinar más allá de dogmas, todo eran medianías verticales. Oscuridad.

Cuando el virus fue detectado, el sentido de la consecuencia ya era asunto del pasado y con él cualquier atisbo de gallardía para afrontar el presente. Eso propiciaba que en la capital hubieran vivido un padre y un hijo insólitos por ser ambos reyes en activo de un mismo país. Abdicar, dimitir, ceder no eran verbos que practicaran las gentes del momento, más dadas a eufemismos eméritos. La Moncloa era una vivienda en multipropiedad, un correcalles de familias que ya no tenían tiempo de cambiar las cortinas antes de marcharse precipitadamente. El próximo presidente efímero de aquel Congreso en disolución constante, el panadero de la esquina, todos aireaban sus miserias para aferrarse a sus riquezas, aunque fueran escasas. Lo que los trasnochados líderes comunistas conquistaban alardeando en la televisión, lo perdían en metros cuadrados. Si el jefe de la rancia derecha podía vivir en un chalé a las afueras, ¿por qué no ellos? Tres noticias más tarde desahuciaban a las ancianas por las deudas de los nietos. El presente era una ilusión que pendía de una cuerda hecha jirones a la que llamábamos futuro. Y un día que nunca supimos con certeza, un virus se anudó a sus hebras. Covid-19. Le pusimos nombre de leche. Y no la vimos venir.

En dos meses las terrazas de los bares estaban de nuevo llenas. La receta para salvar la economía, lo llamaron. A su lado la salud era para nosotros algo banal, como lo eran el arte, la intelectualidad, la literatura, el humor o la ciencia. Lo importante era viajar. Sin Víctor Hugo.

La televisión seguía siendo el espejo en el que se miraba la sociedad de aquellos tiempos, tan llena de luz y de color que nadie era capaz de ver con claridad. Los políticos compartían horario —y a menudo espacio—, con los famosos del papel cuché sobre los que periodistas iracundos y parciales dispensaban horas de carnaza que los ciudadanos engullían en la clandestinidad. Quien no tragaba se refugiaba en las redes sociales como antaño lo hacían en las capillas o en las bibliotecas. Allí uno podía declarar que el zigzag era el camino más recto y encontrar a dos mil fieles que le vitoreasen. Al día siguiente cuatro mil personas caminaban de acera en acera, convencidos de sus principios, e insultaban a los disidentes y conspiradores de la línea recta. Cualquiera podía tener una frondosa melena y sentirse calvo sin los seguidores suficientes que la refrendaran con un clic. El clic —o el tap— era el verdadero rey. El like, el fav, el share o el retuit eran las nuevas drogas duras. Su ausencia, la depresión.


Hoy, sesenta años después, nos preguntamos qué nos faltó por aprender mientras seguimos echando de menos aquellos vuelos internacionales por aburrimiento y a precio de viaje en bus. No aprendimos nada. Era demasiado tarde. Ni siquiera fuimos capaces de quedarnos en casa y ahora vivimos bajo tierra. Unos metros más abajo de las penumbras. Respiramos nuestro propio e infecto vaho en los huecos que dejó la tierra que escarbamos. Fue lo último que el planeta nos permitió robarle. No a todos. Fuera ha brotado un mundo nuevo. Hay tantos animales que ni siquiera somos capaces de recordar sus nombres. El cemento se cubrió de un precioso y colorido manto verde. Entre las grietas de nuestras miserias floreció la vida.

Aquí abajo cada pocos meses el virus rebrota para llevarse las ilusiones y a una parte de nuestras familias. Las vacunas sólo sirven durante unos meses y no todos podemos conseguirlas. Es como si se empeñara en recordarnos que un día, cegados por la luz y los colores que desprendía nuestra banalidad, elegimos la oscuridad.

Y oscuridad tenemos.

En negro sobre blanco

 

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La amargura

La amargura

He aquí una oportunidad inigualable para un profesor cualquiera de bellas artes. O de sociología. Una propuesta única para discernir entre lo que a uno le quieren hacer ver y lo que uno realmente acaba viendo, tal vez sin darse cuenta de lo que ve. Lo que me indica que esta foto es, en realidad, un trabalenguas.

Por ejemplo, si nuestros ojos se dirigen a la parte más iluminada de la fotografía podría rebelarse ante nosotros la misma Virgen del Mayor Dolor. Y, sin embargo, algo nos dice que no se trata de ella, pues todos sabemos que las Vírgenes llevan corona, mantos de ribetes y pensarían antes en la salud de su gente que en la economía.

Descartada por tanto la figura bíblica, bien podríamos deducir por la postura mortuoria que se trata de una momia. Podría ser. Amelié Poulain, en la película que lleva su nombre, fantasea con un hombre muerto que envía su foto a los vivos. «Quiere recordarle a la gente su cara. Como si mandara su retrato por fax desde el más allá». Pero el brillo de los ojos de la fotografía y las portadas de los periódicos nos contradicen. Ahí hay vida. Del tipo que sea.

«Podría rebelarse ante nosotros la misma Virgen del Mayor Dolor. Y, sin embargo, algo nos dice que no se trata de ella, pues todos sabemos que las Vírgenes llevan corona, mantos de ribetes y pensarían antes en la salud de su gente que en la economía.»

Entonces, tal vez, la foto sea en realidad una trampa. Huyamos de ella. Apartemos nuestra atención de todo lo que tiene de luminoso que, curiosamente, es lo que tiene de más descuidado: el pelo escarpado, la aparente falta de maquillaje, el atisbo de ojeras, el fondo negro que se confunde con la ropa. Separemos nuestra mirada, al fin, de todo aquello que nos quieren hacer ver y escondámonos en las sombras. Tal vez ahí esté la verdad.

Es curioso que cuando centramos nuestra atención en la parte derecha de la modelo –la que está marcada por una línea de sombra que cruza como un rayo frente, rostro y cuello, para perderse hacia la espalda–, la sensación da un giro. El ojo derecho nos mira con cierta complicidad y la comisura del labio parece querer estirarse hacia la sombra. ¿La momia está a punto de echarse a reír? Inquietante.

Amelié también dijo aquello de «usted nunca será una hortaliza porque incluso las alcachofas tienen corazón». Sí, le falta algo. Tampoco puede ser una alcachofa. Me rindo.

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¡Por tu culpa!

¡Por tu culpa!

Eres rojo. Así que te habrán dicho que la culpa de todo es tuya. O a lo mejor te han señalado como causante de todos los males porque eres facha. Normal. O no. Porque igual te importa un carajo todo y ni votas; y estás en lo que la cool tertuliano-política llama desideologización. Menudo palabro. Así que no te preocupes. Para alimentar tu complejo de culpa te habrán dicho que esa posición conlleva, en realidad –y aunque tú no lo sepas, iluso–, una enorme carga ideológica. En ese caso, dependiendo de qué elemento viviente tengas enfrente, serás facha o rojo, a conveniencia. Da igual, realmente. Lo importante es que también acabes siendo el responsable de todos los males.

Es curioso cómo evolucionan algunas sinonimias: uno puede decir hoy males, como puede decir complejos, frustraciones o anhelos inalcanzados de quien acusa.

Si en un habilidoso truco de malabarismo social, o incluso en un milagro obrado por lo que creas que es Dios, lograses no entablar relaciones con otros humanos, no se lo fíes muy corto a tu fortuna. Podrás no hablarles, pero da igual. Para acusar sólo tienen que señalarte. Algo serás, digo yo: inmigrante con o sin papeles, empresario, animalista, madre soltera, católica practicante, enfermero en tiempos de la Covid-19, aristócrata, periodista, mendigo, demasiado guapa, aburguesado, padre o madre homosexual, conductor de Cabify, gordo, transexual, médico sindicalista, feminista, taxista, apóstata, millonario… Algo serás para tener la culpa de nuestros complejos, nuestras frustraciones o nuestros anhelos inalcanzados.

Algo tendrás que ser para justificar los aciertos y errores de quien gobierne.

Algo tendrás que ver con la crispación ciega de la oposición.

¿Quién si no va a tener la culpa de tener unos políticos que no nos merecemos?

¿O qué?

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La importancia del enroque

La importancia del enroque

El tiempo y el cariño es el precio más alto que se cobra la muerte. Piensa bien tu próximo movimiento sobre el tablero, podría darle ventaja. En ‘El séptimo sello’, de Ingmar Bergman, mientras una epidemia de peste amenaza a los personajes, la muerte concede al caballero de las cruzadas Antonius Block una prórroga en la que ambos juegan una singular partida de ajedrez.

Durante su conversación con la parca, Block llega a una lúcida y triste conclusión: «He gastado mi vida en diversiones, viajes, charlas sin sentido. Mi vida ha sido un continuo absurdo. Creo que me arrepiento. ¡Fui un necio! En esta hora siento amargura por el tiempo perdido, aunque sé que la vida de casi todos los hombres corre por los mismos cauces. Por eso quiero emplear esa prórroga en una acción única que me de la paz». La muerte responde y revela a Block su propia trampa: «Es por lo que juegas al ajedrez con la muerte…». La partida que Block creía que acababa de comenzar había empezado mucho antes. Siempre estuvieron sentados frente a frente. Como lo está cualquiera. Como lo estás tú o como lo estoy yo.

Escena de la película El séptimo sello.

En la prórroga final, Block ansiaba esa acción que le diera la paz. Tal vez cuando lleguen esos instantes finales, usted o yo podamos recaer en las deudas que quedaron sin saldar, en las disculpas que rogar o en los amores por declarar. Cualquier acción que a usted o a mí nos traiga paz. O podemos llamarlo felicidad. Durante estas semanas «entre paredes» he visto cómo muchos han recuperado el contacto más cercano con la familia, el placer por aficiones como la lectura, la pintura o la música; el recogimiento de poder estar tiempo contigo mismo y descubrir que, en realidad, no hay mejor compañía; el lujo que es tener tiempo para jugar con tus hijos. Todas esas acciones únicas que nos traen la paz que ansiaba Block.

«Tal vez en esos instantes finales uno puede recaer en las deudas que quedaron sin saldar, en las disculpas que rogar o en los amores por declarar».
Volveremos de la manera que sea a los viajes al Caribe o a Camboya, a los festivales y a la barra del bar. Al igual que Block al final de la película, cuando da por perdida su partida, intentaremos engañar a la muerte con placeres efímeros y, como él, no caeremos en la cuenta de que es un imposible hasta que veamos como doblega a nuestro rey sobre el tablero.

Y, sin embargo, nuestra mejor jugada será no olvidar mañana las acciones en las que hoy hallamos la paz.

En negro sobre blanco

 

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Un crimen y otros milagros navideños

un crimen y otros milagros navideños

por Andrés Cardenete
24/12/2019
Benajarafe

Sería la última vez que los seis comensales disfrutasen de su tradicional encuentro nocturno. Por obra de un macabro plan, el anfitrión y la anfitriona, la hija, la socia y su marido, y el cocinero -al que sólo se le permitía sentarse a la mesa el 31 de octubre- no volverían a verse jamás.

La cita anual transcurrió con normalidad hasta la digestión. Como acostumbraban desde hacía diez años, cada uno de los comensales había llevado alguna vianda; una vez las hubieron degustado, se habían sentado alrededor de la chimenea y conversaban animadamente. Fue al cabo de diez minutos de comenzar la charla cuando el anfitrión anunció sentirse indispuesto y se retiró a su recámara. Al volver parecía pálido. Había envejecido repentinamente.

—Perdonad que os interrumpa —dijo—. Ha ocurrido algo horrible.

—¿Qué pasa? —contestó la anfitriona.

—Lo que veis ante vuestros ojos no es más que mi pobre fantasma. He muerto y mi cuerpo yace sin vida sobre mi cama.

Las manos de unos se fueron a la boca, las de otros a la cabeza; según el caso. La anfitriona gritó y se marchó al dormitorio para comprobar la certeza del anuncio. Los demás se miraban sorprendidos, pues el anfitrión era persona adusta y no dada a bromas.

Cuando la anfitriona volvió, su desconsolado llanto habló por ella.

—Ya no hay nada que se pueda hacer por mí —dijo el anfitrión—. Ignoro si se debe a que en este instante pienso como espíritu, pero percibo los hechos con una claridad deslumbrante. Os pediré, como deseo póstumo, que nos sentemos a la chimenea y me permitáis ordenar en voz alta mis pensamientos.

Como quiera que nadie quiso llevarle la contraria a un declarado fantasma, se sentaron y escucharon con atención.

—En primer lugar os diré que estoy convencido de que os habla un fantasma de Halloween. De alguna manera, dentro de mí se ha desvelado que el hecho de fallecer el día de Halloween ha hecho posible que mi espectro pueda comunicarse con vosotros. ¿Durante cuánto tiempo? No soy capaz de determinarlo, así que conviene darse prisa para resolver este crimen.

—¿Un crimen? —preguntó la socia.

—Sí. Me han asesinado. Y el causante se encuentra entre nosotros.

Después rogó a su joven hija que dejase a los adultos a solas antes de continuar su disertación.

«Me he sentido formidablemente fuerte en los últimos tiempos. El chequeo médico al que me sometí hace diez días para un seguro de vida corrobora esta sensación. No he sufrido síntomas de mal alguno hasta que nos hemos sentado en la chimenea y me ha sobrevenido el primer retortijón. Como hay prisa os pido que no me interrumpáis cuando diga que uno de vosotros me ha envenenado.

Entiendo la sorpresa. Lo lógico en un caso así sería acusar al cocinero. Pero, ¿qué ganaría él aparte de perder su empleo? Es uno de los cocineros mejor pagados de la ciudad. Además, ha sido mi hija quien ha servido mi plato. Tal vez si hubiera servido mi mujer podríamos sospechar de un affaire entre ambos. Pero ella no ha servido y sabe que yo me disponía a firmar el cuantioso seguro de vida en el plazo de una semana. Si su plan era asesinarme, habría esperado. Con esto los eximo a ellos tres de cualquier sospecha».

La socia y el marido se miraron nerviosos. Ella se levantó de su asiento.

—¿No estarás diciendo qué…?

—Que vosotros me habéis envenenado —interrumpió—. Todos sabemos de vuestras deudas y de hasta qué punto mi muerte ha solucionado vuestros problemas. ¡Ahora eres la única dueña del negocio!

—¡Esto es indignante! —exclamó el marido.

—¿Acaso no es mentira que tú eres farmacéutico y tienes acceso a mil tipos de ponzoña? ¿Y no es menos cierto que tu mujer me ha traído hoy una botella de hidromiel a sabiendas de que sólo la bebería yo, pues el resto aborrecéis cada año el licor de los dioses? La botella que yo mismo guardé en la licorera después de tomar un chupito está envenenada. No me cabe duda.

—¡Esto es absurdo! —reivindicó la socia.

—¡Demostradlo!

La mujer se lanzó a la licorera, cogió la botella de hidromiel, llenó dos chupitos y, tras beber del primero, entregó el segundo a su marido.

—Enseñémosle al fantasma lo equivocado que está.

En un instante el rostro de la socia adquirió el color de una ciénaga. Su marido la acompañó. Ambos se llevaron las manos a la garganta y sus cuerpos cayeron sin vida junto a la chimenea.

El resto contempló la dura escena sin sobresaltos.

—Ha salido mejor de lo previsto.

El anfitrión dijo aquello con parsimonia, mientras volvía a la vida a medida que se limpiaba el maquillaje con un algodón que sacó del bolsillo.

—Amigo cocinero, lleva los cuerpos al bosque y entiérralos a buena profundidad. No olvides arrojar allí el frasco de veneno que escondí tras la licorera. Más tarde te daré lo prometido. Tú, querida esposa, sube a la habitación de nuestra hija y explícale que todo ha sido un juego. Después celebremos juntos que se acabaron nuestros problemas y que la empresa es ya sólo nuestra.

Y así hicieron.

Aquella noche, cuando todos dormían, la casa se prendió en llamas. Bajo un fuego espectral ardieron los muebles, las cortinas, el suelo y las paredes. Ardieron los cuerpos de los anfitriones y el del cocinero. Sólo la hija logró escapar de la muerte. Según contó, debe su vida a dos pálidas figuras que la sacaron a rastras de la cama y la alejaron del infierno. Las identificó sin dudar como la socia y su marido y, aunque nunca más se supo de ellos, algunos vecinos aseguraron haberlos visto aquella noche en mitad de la calle. Sonreían inmóviles mientras las llamas consumían la casa. Pero sabemos que eso sería imposible. Salvo por un milagro del día de Navidad.

En negro sobre blanco

 

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Otro cuento de Navidad

Otro cuento
de Navidad

por Andrés Cardenete
27/12/2018
Benajarafe

La Navidad agriaba su carácter. Las emociones que propiciaban tal circunstancia eran tan antiguas como la consciencia que tenía de sí mismo. Aunque los motivos eran evidentes para los que conocían su biografía, él no entendía cómo los demás no compartían su desprecio por los abetos coronados por estrellas o los muestrarios de belenes. La Navidad lo encerraba en su coraza y le convertía en una persona silenciosa. Su pareja había aprendido a comprenderlo con los años. A volverse también silenciosa en Navidad. Tal sacrificio la llevó a cantar villancicos lejos de él.

El homicidio de la Navidad en pareja requería de cierto ritual. Todos los 24 de diciembre por la tarde, mientras ella se arreglaba, él abandonaba la casa y no volvía hasta el alba. Se encerraba en uno de esos bares que abren en Nochebuena a las almas solitarias. Como se sabe que los cacos no desaprovechan las reuniones familiares para asaltar viviendas vacías, unos años antes había instalado en la entrada de su hogar una cámara de seguridad que estaba conectada a su teléfono móvil. A veces pensaba en instalar otra frente a la chimenea para darle una paliza a Santa Claus si se atrevía a colarse por ella, pues odiar la Navidad no exime de una mente fantasiosa.

No todos los clientes del bar de las almas solitarias compartían ese sentimiento. Aunque por respeto a los cinco o seis Scrooges que allí se citaban existía un acuerdo no pactado que evitaba cualquier referencia al entrañable espíritu, otra media docena de clientes estaba allí porque no tenía más compañía. Todos bebían, jugaban a las cartas y bromeaban. Muchos no se habían vuelto a ver desde la nochebuena anterior y aprovechaban para ponerse al día. Cuando echaban en falta a alguien, lo daban por fallecido. Y era tal la forma en que bebían, jugaban, bromeaban, confesaban y honraban a los muertos que, aunque dentro no quisieran reparar en ello, cualquiera que presenciase la escena desde fuera advertiría un inequívoco tufillo navideño.

A las nueve de la noche sintió una leve vibración en su pierna derecha. En lugar de un mensaje lleno de emoticonos adornados de nieve encontró una alerta de la cámara de seguridad. Se conectó con urgencia y contempló la imagen en blanco y negro de la entrada de su casa vacía y ordenada. Dedujo que era una falsa alarma y se desconectó. Justo un instante después una extraña sombra volvió a atravesar la entrada de la vivienda.

Daban las doce en punto cuando llegó la siguiente alerta y lo que vio le heló la sangre. Era la figura desgarbada de un hombre de espaldas, inmóvil en medio de la oscuridad de su casa. Tras unos segundos en los que el desconcierto dio paso a la furia, activó el botón que le permitía conectarse al altavoz de la cámara.

Váyase de mi casa.

La figura se giró y fijó en la cámara unos ojos brillantes por el efecto del visor nocturno. Le pareció alguien familiar, pero no tardó en descubrir que los ademanes con los que la figura se acercaba, el desgarbo y la sarcástica sonrisa no pertenecían a nadie conocido, sino a él mismo. Quedó petrificado.

¿Quién eres? preguntó el visitante.

Además de su rostro, su cuerpo y sus gestos, aquella figura poseía también su misma voz.

Soy el dueño de esa casa.

Se equivoca.

No. Vivo allí con mi novia desde hace cuatro años.

Qué casualidad. Yo también.

Salió a la calle para alejarse del ruido y la confusión. Su intento de respuesta se vio interrumpido por la aparición de otra figura en la escena. Su novia pasó junto a su interlocutor, le dio un cariñoso beso y continuó hacia el salón.

Disculpe, caballero dijo el fantasma, no tengo tiempo que perder. Acabo de disfrutar de una preciosa cena de nochebuena junto a mi pareja, ahora seguiremos bebiendo y cantando. Después vamos a hacer el amor. A ella le encanta la Navidad y tratamos de ser felices. En eso consiste, ¿sabe?

El fantasma desconectó la cámara y todo fue oscuridad.

El susto le llevó de un salto al coche. Por el camino se encontró con niños que cantaban villancicos, parejas ataviadas con gorros de Papá Noel, juegos de sombras sobre la luz de las ventanas que se reencontraban y se recordaban. Había en todos un notable esfuerzo por ser felices; eso que, pensaba, le habían robado en el mismo momento que alguien le abandonó en el orfanato. ¿O tal vez era él mismo quién había decidido renunciar? Suspiró y, en aquella breve bocanada, le visitaron los fantasmas del presente y del pasado, pero no tal y como había leído, sino en la revelación de su mezquina actitud.

Llegó a casa y subió al salón desde el que provenía el sonido del televisor. Se encontró a su novia sentada en el sofá y, junto a este, una mesa para dos perfectamente ordenada, con un par de velas rojas que alumbraban una flor de pascua. Por más que recorrió con la vista la estancia no encontró ningún fantasma parecido a él.

Has vuelto pronto dijo ella.

Creo que no es tarde para celebrar contigo mi primera Navidad.

La sonrisa de la joven iluminó la estancia.

Hace tres años que yo tampoco la celebro. Cada vez me costaba más estar contenta sin ti. Desde entonces me he arreglado cada nochebuena y he preparado la mesa con la esperanza de que algún día volvieras para cenar conmigo.

Baste decir que rieron, bebieron y cantaron durante toda la noche, hasta que el alba les sorprendió mientras hacían el amor. Sólo cuando el silencio se hubo adueñado del dormitorio ella preguntó por qué el cambio de actitud. Contestó que había comprendido en qué consistía realmente el espíritu navideño. No se atrevió a contarle, sin embargo, que aquella noche, a través de la cámara de seguridad que jamás volvió a necesitar, había estado hablando con su propia conciencia. O tal vez con Dickens.

En negro sobre blanco

 

Hola, me llamo Andrés Cardenete, soy periodista y profesor de Literatura. En este blog encontrarás una recopilación de mis artículos de opinión y de una suerte de piezas periodísticas basadas en lo que me transmiten fotografías que he bautizado como «cuentografías» porque me hacía gracia. Mi trayectoria profesional me ha llevó de los medios, al mundo de la comunicación y, finalmente, a la docencia pero siempre me apasionó el columnismo. En esta web mato el gusanillo con noticias de información periodística sobre temas que me interesan y con artículos opinativos.

Intento con más o menos fortuna hacer un trabajo de calidad, no basado en la objetividad, pues no hay género más ajeno a ella que este, si no en base a los criterios de periodismo literario. Te invito tanto a que apoyes esta labor compartiendo en redes y a que dejes tus comentarios sobre lo que acabas de leer.

Gracias por venir. Pasen y lean.

Historia de un relato de verano

Historia de un relato de verano

por Andrés Cardenete
24 de julio de 2018
Torremolinos

Descubrió que podía escribir. Aunque confundiera las uves con las bes o las ubes con las ves, o no tildara bien las palábras, sólo necesitaba un lápiz y un papel para poder escribir. Y así hizo.

Al poco de empezar también descubrió que escribir le hacía sentirse como una diosa. Con unos trazos sobre el papel podía crear. Crear vidas simples y complejas. Crear historias de misterio. Crear personas que fueran héroes o villanos. Y también podía destruir vidas, misterios y personas con una sola frase. Escribir le hacía poderosa.

Escribiendo podía matar al vecino ruidoso sin que la policía tuviera la más mínima sospecha del asesinato. Sobre el papel, era el crimen perfecto.

Dicen que quiso escribirse un amor verdadero, pero que todo fueron borrones, párrafos inacabados y papeles arrugados en la basura. Se conformó con encuentros pasajeros bosquejados en una libreta, hasta que de verdad se sintió inspirada y escribió su propia gran historia de amor. Comenzaba en un parque cubierto por un bello y crujiente manto de hojas caídas. Pensó que iba a ser un precioso romance otoñal.

En otra ocasión escribió su propia necrológica y la mandó al periódico sólo para saber lo que se sentía estando muerta. Se dio cuenta de que un muerto no puede escribir, así que, para solucionarlo, una semana después de su entierro escribió en un papel que había resucitado.

Aunque escribía sola, pensaba que no había mejor compañía.

Cierto día, mientras escribía sobre escribir, se dio cuenta de que había otra persona que escribía sobre ella. Descubrió que su existencia estaba próxima al fin, pues ella era un simple relato de verano, de esos que salpican los suplementos estivales del periódico para que la gente se entretenga bajo la sombrilla.

Imploró que no la mataran. Suplicó que la dejaran vivir el otoño. Pero nadie publica relatos de verano en octubre. Si acaso, romances otoñales.

Por ser benévolos, simplemente escribiremos que dejó de escribir.

En negro sobre blanco

 

Hola, me llamo Andrés Cardenete, soy periodista y profesor de Literatura. En este blog encontrarás una recopilación de mis artículos de opinión y de una suerte de piezas periodísticas basadas en lo que me transmiten fotografías que he bautizado como «cuentografías» porque me hacía gracia. Mi trayectoria profesional me ha llevó de los medios, al mundo de la comunicación y, finalmente, a la docencia pero siempre me apasionó el columnismo. En esta web mato el gusanillo con noticias de información periodística sobre temas que me interesan y con artículos opinativos.

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Hace casi una década y media que decidí abrir este blog para romper con las ataduras de mi trabajo como periodista en medios de comunicación tradicionales. Este espacio ha evolucionado mucho hasta hoy, pero siempre se ha mantenido fiel a la idea de mantenerse libre, sin ataduras ni publicidad. Yo mismo he hecho diseños, redacción y programación web, sin personal o asistentes. Si en algún momento mi pluma le ha hecho pensar, entretenerse o discrepar mínimamente, considere la posibilidad de compartir el blog o el artículo que haya llamado su atención con sus amigos. Compartir es apoyar.