Moscas

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Asistía desde mi sofá al penúltimo esperpento político cuando una mosca cualquiera se me pasó por la cabeza. La mosca, esta o aquella, no dura más de un verano. El frío del otoño suele sorprenderlas —como a Europa la última amenaza arancelaria de Trump— y dejarlas sobre el mueble del televisor, con las patas estiradas hacia el techo. Cualquiera puede pensar que la vida de la mosca es triste. Va de aquí para allá sin un destino que nos parezca fijo. Ahora se encabezona contra el cristal, ahora disfruta de los restos de paella del domingo o de un trozo de chorizo sobre la encimera. Más tarde, dará insistentes vueltas sobre mi cabeza, o tal vez sobre la de usted, hasta sacarnos de quicio. Pero no se equivoquen, la vida de las moscas tiene trampa.

Leí un estudio científico que aseguraba que el cerebro de mosca, ya sea el de esta o el de aquella, es capaz de percibir y procesar más unidades de información por segundo que usted o que yo. De modo que, desde nuestra perspectiva, ellas ven pasar la vida a cámara lenta. Por eso es tan dífícil atraparlas. Lo que para nosotros es un verano, para ellas es toda una vida. Esto también quiere decir que desde la perspectiva de una tortuga gigante, por ejemplo, los humanos vivimos tres telediarios. Cualquier tortuga puede pensar que eso es muy triste.

Recuerdo esto mientas Von der Meyen explica que no hay prisa, que hasta primeros de agosto hay tiempo para convencer a Trump. Sé que usted tiene un olivar en Jaén o un viñedo en Burgos o un invernadero en Almería y que teme por el sustento de su familia, pero vuelva mañana. Mi padre solía colgar en el patio bolsas transparentes llenas de agua para ahuyentar a las moscas. Ignoro lo que colgará un político en su patio cuando piensa en un ciudadano cualquiera. Es más, busco y no encuentro estudios sobre cuántas unidades de información por segundo es capaz de percibir el cerebro de un político, ya sea esta o aquel. Solo logro intuir que cuando a un político se le pasa un ciudadano por la cabeza, ya sea usted o yo, lo que ve, en realidad, es una mosca. Disfrutemos, por tanto, de los restos de paella del domingo, o del chorizo en la encimera, antes de que el frío político nos sorprenda frente al televisor con las patas estiradas hacia el techo. 

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