Andrés Cardenete
Scrip·tor (n.)
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SOBRE MÍ
En casa preferían un médico o un abogado, pero en la ecografía salía un periodista. Supongo que el capítulo más trascendental de mi vida fue en el que aprendí a escribir. Aquello marcó el resto.
Cuando calzaba nueve años ya golpeaba torpemente las teclas de una vieja Olivetti que mi padre conservaba en su despacho y que daría algún órgano interno por recuperar, pues se extravió en algún rincón del mundo. En ella emulaba las historias de Tintín o de Los cinco e imaginaba mis primeras aventuras.
Con los años acabé la carrera de Periodismo y logré vivir de escribir, ya sea relatando los sucesos reales que contábamos a los oyentes en la SER, en columnas de opinión de periódicos y blogs o como redactor creativo en agencias de publicidad.
Mi relato Stari Most fue premiado como finalista del Certamen Entrelibros y he publicado otro libro de relatos llamado Púgiles de tinta que se encuentra en período de reedición de cara al lanzamiento de su segunda edición.
Aquí escribo sin ataduras ni complejos, con la misma ilusión -y a menudo torpeza- que aquel niño de nueve años que aporreaba las ruidosas teclas de aquella vieja y perdida máquina de escribir.
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RELATOS »
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CUENTOGRAFÍAS »
La soledad de la tragedia
El elemento principal de la fotografía podría ser tomado por un menú abandonado, pero en realidad es como un ataúd dentro de un nicho cerrado. La imagen fue rescatada del interior de la zona roja que rodea a la Central Nuclear de Fukushima por el fotógrafo...
Cunas incómodas
Si sólo viéramos la mitad izquierda de esta fotografía tomada en el Hospital Costa del Sol, usted y yo podríamos reconocer la habitación como una UCI normal y corriente. Enfermeros tras el monitor pendientes de las constantes vitales de sus pacientes, recipientes de...
En realidad, un eufemismo
Esta habitación que nos puede parecer cualquier cosa menos un hospital, en realidad lo es. Fíjense si no en el mecanismo que tiene cada cama para llamar a la enfermera. Aunque podemos imaginar que la enfermera tampoco parecerá una enfermera, sino una abuela...
Fiebre de importación
Ahí lo tienen, en la imagen. El ébola es el filamento azul, no el fondo rosa. El fondo es parte de alguien que no conocemos ni sabemos cómo estará, pero hay hasta un noventa por ciento de posibilidades de que esté criando malvas, según la tasa de efectividad del...
COLUMNAS DE OPNIÓN »
Somos nuestras palabras
Nuestro vocabulario nos define. Criogenizar es una palabra de nuevo cuño que aún no ha registrado la RAE, pero lo tendrá que hacer. En el diccionario ya estaba criogenia, que tampoco es muy antigua. Leo en las noticias que hay una empresa que ha solicitado permiso para construir el primer cementerio criogénico donde almacenar cuerpos congelados. Es curioso como nuestras palabras pueden definirnos como sociedad, pues que hayamos creado una palabra como criogenizar o un concepto como cementerio criogénico significa que tenemos miedo de irnos para siempre, incluso después de muertos. Aunque la ciencia nos advierta de que al congelarnos el hielo rompe nuestras células y ya no existe vía posible hacia una futura resurrección, preferimos estar congelados en la eternidad, con estalactitas en la nariz y cara de pasar mucho frío, antes que desaparecer en un horno crematorio o, peor aún, en la digestión de un gusano. Lo paradójico de todo esto es que nosotros nos iremos, pero la que ya no se va a morir nunca es criogenizar, pues las palabras nunca mueren. Algunas veces pasan un tiempo en la nevera, congeladas, pero siempre vuelven. Sus células resisten mejor al frío, digo yo. Por poner unos ejemplos de palabras derrotadas por el desuso, diré que estoy seguro de que, cuando menos lo esperemos, volveremos a usar fiambreras para llevar al guateque la comida que compramos en la tienda de ultramarinos y lo pasaremos fetén con nuestros amigos. Leo también en la noticia que hay quién pide que lo criogenicen vivo y concluyo que es una estupidez pues, si el hielo destruye las células, es algo así como un suicidio. O peor aún, como matarse en el intento de no morirse nunca. Nos hemos vuelto idiotas. Sólo si fuéramos palabras, pienso, tendría sentido criogenizarse. Llamo la atención de mi tía, que está viendo la tele en el salón, y le pregunto si cuando se muera quiere que la criogenicemos o qué. Ella quiere saber si eso cuesta más que incinerarse y le contesto que supongo...
Aprensión
Tenía pensado escribir sobre la experiencia de estar siete días sin móvil, pero no he tenido más que un poco de ansiedad provocada por el pensamiento de que no podrían localizarme si alguien en casa salía ardiendo. Lamentablemente para mis intenciones de escribir sobre el asunto –que no para mis deseos–, ningún familiar se incendió, así que la experiencia ha resultado aburrida. Al menos hasta que recibí el mensaje de la empresa de móviles indicándome que habían recibido el aparato y que se encontraba en Eindhoven, esperando ser reparado. Me sentí extraño, como si una parte de mí, de lo que soy, se hubiera ido a Eindhoven sin avisar. Los datos de contacto de mis seres más queridos y de mis seres más odiados; fotos de mis viajes, de mi familia, de mi casa, de mis partes púdicas e impúdicas y otras que requieren una explicación; conversaciones personales en los más variados contextos; el programita con el que accedo a mi cuenta bancaria; mis llamadas recientes; los apuntes de ideas para próximos artículos e, incluso, la agenda en la que tengo apuntado lo que estaré haciendo mañana se habían marchado a Holanda, dentro de ese aparato que es una parte de mí. Que es casi yo mismo y que almacena más información de mí que la que yo podría almacenar. Ese aparato, a diferencia de mi cerebro, sabe de memoria el teléfono de mi mejor amigo. Sus circuitos contienen mi existencia. Al fin y al cabo, es un reflejo de mí mismo. Cinco médicos me han dicho a lo largo de mi vida que tengo que dejar de ser tan aprensivo, pero pensar que una parte de mí estaba en Eindhoven y la otra, es decir yo, rascándose la barriga en el sofá me provocó un enorme lío mental. Cuando días después un mensajero me devolvió el móvil, sentí una extraña culpabilidad. Era como haber estado en Eindhoven sin habérselo dicho a mi familia. Quise formatear para borrar cualquier rastro, pero al abrir el...
Parapetados
Al principio sólo hubo Dios. Solo y aburrido. Condenado a vivir en el vacío, que es como estar muerto. Tuvo que pensar que esa no era vida para un Dios, y creó la Naturaleza. Como Dios, por el simple hecho de existir, ya había contentado a los creacionistas, la Naturaleza hizo que del mar y de los ríos brotaran los animales y las plantas para que no se enfadasen los evolucionistas. Aquello estaba bien, pues Dios ya podía entretenerse al contemplar como la Naturaleza regaba las plantas y alimentaba a los bichos. Aquello era estupendo. De entre todos los bichos que poblaban la Naturaleza, había un 'bicho raro'. Los machos nunca se peleaban entre ellos porque eran simples y sólo pensaban en follar. Las hembras, por su parte, eran tan complejas que siempre se estaban peleando entre ellas. En realidad, todos estaban pensando únicamente en follar. Un desbarajuste, vamos. Hubo un día en el que los miembros de esta especie -a la que llamaremos por ejemplo 'humana'- olvidaron que habían nacido por la inercia de la Naturaleza y empezaron a creer que habían sido fabricados por el mismísimo Dios. A la Naturaleza le pareció un agravio y fundó las inclemencias meteorológicas. El paraíso se acabó y surgió la guerra. Los humanos eliminaron bosques y playas para construir ciudades, lanzaron gases para mudar el azul del cielo a gris, usaron máquinas para perforar la tierra y aviones para desafiar las propias leyes de la Naturaleza. Ella escupió tsunamis para inundar hoteles, terremotos para crujir en dos las ciudades, virus que se transportaban en sus aviones y tormentas para derribarlos. Sin embargo, el mayor éxito de la Naturaleza fue engañar a los humanos para que creyeran que todo lo que ocurría era culpa de Dios. Y así, los humanos se convirtieron en el diablo. Como quiera que el diablo se sentía más desprotegido cuánto más en contacto estaba con la Naturaleza, perfeccionó sus defensas creando 'el hogar'. Allí, disfrutaba de placeres inútiles pero que ayudaban a estar más...
El homenaje de los campeones
Tras su próximo partido ante Australia, España abandonará el Mundial de Brasil. Dos derrotas, ante Holanda y Chile, de la Campeona del Mundo la dejan fuera y abren la puerta de la crítica después de seis años de continuas y merecidas alabanzas. Al entrenador, por no saber revertir la situación en el segundo encuentro, a aquel o este jugador, por sus errores. Incluso a la Federación Española por elegir como su sede Curitiba, con temperaturas hasta 20 grados por debajo de los lugares donde se disputan los encuentros. La imagen dada por España en los dos primeros partidos del mundial tiene su reflejo en la estadística sobre la que se soporta el éxito y el fracaso en este deporte: siete goles en contra, sólo un gol a favor. De penalti inventado. La convocatoria de Vicente Del Bosque para el mundial generó más porqués que entusiasmo. Porqué no Isco, porqué no Gabi, porqué no Deulofeu, porqué no Llorente. Porqué Villa. Porqué Xabi Alonso. Todas esas incógnitas quedaron solapadas bajo aquello que suele solapar a las preguntas sin respuesta: un discurso ajeno a ellas, sentimental y de fácil digestión para la mayoría. Nos contaron que aquella convocatoria era un homenaje a los que nos hicieron grandes. Pues bendito homenaje. Y lo aceptamos. Así que cualquier crítica que ahora surja será injustamente repelida por el escudo del ventajismo. Si España jamás tuvo un tiqui-taca decente con dos medio centros, si Jordi Alba no debería haber jugado con ampollas en las plantas de sus pies, si España entrenó a 10 grados para jugar a 31, si Xavi debe estar en una posición más retrasada para tener protagonismo, si Koke debió figurar en el once inicial desde el principio y toda la retahíla de críticas que se abalanzan contra la selección serán tenidas por oportunistas. Nos queda la lección de recordar que un entrenador está para saber lo que el resto no sabe, para ver mucho antes que nadie aquello que los demás sólo pueden ver cuando se pone a rodar la pelota. O, al menos, para saber...
SOBRE MÍ
En casa preferían un médico o un abogado, pero en la ecografía salía un periodista. Supongo que el capítulo más trascendental de mi vida fue en el que aprendí a escribir. Aquello marcó el resto.
Cuando calzaba nueve años ya golpeaba torpemente las teclas de una vieja Olivetti que mi padre conservaba en su despacho y que daría algún órgano interno por recuperar, pues se extravió en algún rincón del mundo. En ella emulaba las historias de Tintín o de Los cinco e imaginaba mis primeras aventuras.
Con los años acabé la carrera de Periodismo y logré vivir de escribir, ya sea relatando los sucesos reales que contábamos a los oyentes en la SER, en columnas de opinión de periódicos y blogs o como redactor creativo en agencias de publicidad.
Mi relato Stari Most fue premiado como finalista del Certamen Entrelibros y he publicado otro libro de relatos llamado Púgiles de tinta que se encuentra en período de reedición de cara al lanzamiento de su segunda edición.
Aquí escribo sin ataduras ni complejos, con la misma ilusión -y a menudo torpeza- que aquel niño de nueve años que aporreaba las ruidosas teclas de aquella vieja y perdida máquina de escribir.
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